Notas publicadas

TREN BALA VS TATU CARRETA

En una exclarecedora carta abierta publicada en un medio nacional que Mempo Giardinelli le dirige a la Dra Cristina F. de Kirchner, expresa “Señora Presidenta: En mi carácter de intelectual argentino que vive en el interior del país, me dirijo a usted como uno más entre millones de argentinos que la votamos en octubre pasado, pero también porque fui de los primeros en poner en duda, públicamente, la construcción del llamado Tren Bala. Lo hice desde el inicio de los anuncios, en mayo de 2007, en la revista Debate y en los diarios La Voz del Interior (Córdoba) y Norte (Resistencia). De hecho fui uno de los primeros periodistas que subrayaron la grosera contradicción que es semejante obra en un país ferroviariamente devastado como el nuestro.” Y después de fundamentar con números su posición, concluye “¿No sería más sensato contar con trenes de velocidad moderada como el Talgo, que corre a 120 kilómetros por hora y bien podría llegar a Bahía Blanca, Salta, Bariloche, Mendoza o Posadas, y unir al país transversalmente de manera que un misionero que va a Jujuy o Neuquén no tenga que pasar por Buenos Aires, por caso? Esto alentaría, además, una fenomenal recuperación económica en varias provincias”.

Con petróleo cada día más caro y escaso, en un planeta cuya atmósfera está calentándose por las emanaciones resultantes de la quema de combustibles, entre otros de los motores de combustión interna, en un país donde las carreteras están saturadas de vehículos de transporte de pasajeros y carga, priorizar la construcción de trenes de alta velocidad resulta una burla para los millones de argentinos que producen, transportan o viajan en las actuales rutas de la muerte del país.

Cuando los ingleses diseñaron nuestros ferrocarriles a mediados del siglo diecinueve, lo hicieron pensando en transportar las producciones de las provincias a fletes razonables hasta el puerto. Podemos discutir el modelo de país embudo que propusieron y que nuestros sucesivos gobiernos consolidaron hasta nuestros días, pero debemos reconocer que pusieron a nuestra disposición la mejor tecnología de la época. Gracias a ello Argentina fue el país con mejores ferrocarriles de Sud América hasta mediados del siglo veinte. A los escépticos les cuento que cuando se inauguró el ferrocarril Jujuy-BsAs en 1.906, ese viaje duraba 36 horas a una velocidad media de 40 km por hora. En un país extenso sin ríos navegables –Excepto la hidrovía Paraguay-Paraná- la alternativa de transporte eran las carretas tiradas por bueyes, que demoraban unos 30-45 días. Recién después de la mitad del siglo pasado la tecnología y las inversiones nos permitieron contar con rutas pavimentadas y camiones de más de diez toneladas de capacidad de carga.

Actualmente un camión transporta 30 toneladas y en 24 horas las está descargando en el Mercado Central de BsAs a un promedio de 70 km por hora. En ese ínterin el ferrocarril se descuidó al punto que para el mismo trayecto una carga puede demorar 21 días o más, viajando a solo 4 km por hora. Más lento que a paso de hombre.

Consecuentemente, si el Belgrano transportaba 7.000.000 de toneladas en los setenta, actualmente solo lleva unas 700.000. El resto, más todo lo que creció la producción desde entonces, viaja en camión pagando un flete un 30% mayor, quemando mucho más combustible por unidad de carga y saturando las rutas al punto de transformarlas en una de las más peligrosas de América.

Apostar al futuro invirtiendo en infraestructura de transporte es imprescindible. Pero debe hacerse con inteligencia. Hasta fines de los setenta en nuestro país se producían los rieles, vagones, motores y locomotoras. Resucitar esos talleres y fábricas no es imposible y podría formar parte de una estrategia para impulsar una industria de punta en Sudamérica, donde nadie está preparado para proveer este equipamiento. Y esto no es un sueño descabellado, Corea de Sur, que en 1.955 salía destrozado de  una guerra, desarrolló tecnología para ser actualmente uno de los pocos fabricantes de trenes de alta velocidad.

Desde el punto de vista de los costos no resiste el menor análisis. Los camiones no pueden competir con el ferrocarril en distancias medias y largas. Por algo europeos, norteamericanos, rusos, chinos, japoneses, coreanos, etc ponen énfasis en mejorar sus ferrocarriles de carga desarrollando las cadenas productivas que los proveen.

Nuestro gobierno en cambio, parece haber optado por el tren bala para el traslado de unos pocos y la consolidación del modelo embudo, dejando que el Tatú Carreta se encargue de mantener frenado el desarrollo de las provincias más alejadas.         

 

SE CIERNE LA TORMENTA

Utilicé el título de un libro en el que Churchill describe la hora más difícil de Inglaterra durante la segunda guerra mundial, porque creo que se acercan tiempos oscuros para los argentinos. El síntoma es la inflación creciente y las consecuencias serán desánimo, falta de horizonte claro y mayor inequidad social.

 “La peor dificultad con que tienen que lidiar los jujeños, es que cada diez años los porteños hacen Harakiri con el modelo económico”, decía Alberto Trejos, economista costarricense en el salón de la Legislatura local, el 13 de diciembre de 2.001. “Crean un modelo económico a medida que, como Argentina es tan increíblemente rica, resulta exitoso durante un tiempo; se enamoran de ese éxito imaginando que es resultado de su creatividad y lo sostienen a rajatabla hasta que la situación se hace insostenible; entonces cometen harakiri –el suicidio japonés- destruyendo lo bueno y malo conseguido, para empezar de nuevo con otro experimento económico que tendrá éxito un tiempo, pero terminará sucumbiendo por las leyes, no tanto de la economía como del sentido común”.

¿Por qué supongo un horizonte ominoso para nuestro país? ¿Qué me lleva a pensar que con las reservas que tiene el Banco Central, la deuda refinanciada casi en su totalidad y el país produciendo como una locomotora, estemos en trayectoria de un nuevo harakiri?. En pocas palabras, la dificultad creciente del gobierno para sostener el andamiaje de subsidios cruzados y controles de precios sobre los que se sustenta el “modelo”.

La espectacular expansión productiva de Argentina arranca con la devaluación del 2.002, gobierno de Duhalde, Ministro Remmes Lenikov y se consolida en el ministerio de Lavagna y posterior presidencia de Kirchner. Inmediatamente las producciones locales se volvieron competitivas en términos internacionales tanto para exportar como para sustituir importaciones. Los empresarios sacaron plata del colchón o ingresaron fondos que tenían afuera y los pusieron a producir. El gobierno reimplantó las retenciones a las exportaciones, viejo mecanismo recaudatorio que Menem había derogado, y comenzó a reconstruir las finanzas del Estado e incrementar reservas.

Recordemos que en aquellos aciagos días del 2.002 y 3, cacerolazos mediante, cortes de rutas y demás manifestaciones sociales, la mitad de la población estaba debajo de la línea de pobreza, la indigencia rondaba el 23% y el desempleo más del 25%. El metro cuadrado de tierra en Los Perales valía 40 o 50 pesos y de construcción unos 650 o 750. La nafta 80 centavos y el gasoil 35. El kilo de pan 80 centavos y la carne para un buen asado unos 5 pesos.

Para recomponer la difícil situación social el gobierno ayudó a los indigentes y desempleados, impulsó incrementos en los sueldos y subsidió los precios de la energía y el transporte de pasajeros. Al principio el mecanismo funcionó permitiendo una recuperación de la economía dentro de una relativa estabilidad de precios. Pero a medida que pasó el tiempo y  la actividad económica fue creciendo, mejoró el poder adquisitivo de los salarios y se incrementó la demanda de bienes, provocándose un paulatino incremento en los precios.

El gobierno salió entonces a tratar de contener el fenómeno aplicando precios máximos a algunos productos, incrementando las retenciones a las exportaciones y subsidiando específicamente determinadas actividades. Como el fenómeno siguió agudizándose, profundizó las mismas medidas logrando, naturalmente, idénticos resultados.

Una economía con tantas intervenciones incentiva inversiones en algunas áreas, por ejemplo transporte de carga y pasajeros por ruta o producción de soja, mientras desalienta en aquellos rubros más castigados, por ejemplo producción y transporte de energía, combustibles, transporte ferroviario. Mientras tanto se van generando burbujas de precio que si no son liberadas paulatinamente terminan explotando, provocando descompensaciones que desestabilizan sectores completos, afectando el conjunto de la economía. Así por ejemplo hoy el metro cuadrado de tierra en el mismo lugar cuesta 200 pesos, la construcción 1.500, la nafta casi 3 pesos y la carne casi 20.

Cuando el gobierno notó que no podía controlar el incremento de los precios, comenzó a manejar los índices culpando a los técnicos del INDEC por los altos indicadores de inflación. Así pretendió convencer a la sociedad de una ficción, ejemplo 1,1 % de inflación en Marzo, que contrasta absurdamente con la realidad del bolsillo de los ciudadanos que deben pagar valores superiores al 10% para comprar los mismos productos en idéntico período.

Las medidas que fueron efectivas al principio de la aplicación del “modelo”, se transformaron en una sucesión de globos estallados resintiendo la credibilidad del gobierno. Hoy toda la ciudadanía cuestiona estas medidas y descree de los índices oficiales, lo que genera incertidumbre, retrasa inversiones y acelera el proceso inflacionario. Porque si uno va al mercado y las mercaderías subieron un 15% desde enero, es lógico que pretenda un incremento salarial mayor para este año, o por lo menos un mecanismo de ajuste semestral que asegure que su salario no pierda poder adquisitivo. Por otro lado, si uno es empresario y sus costos de energía, materias primas, insumos y mano de obra suben a ese ritmo, seguramente tomará medidas preventivas incrementando los precios para evitar que los costos le devoren el capital. Y entonces ahí tenemos conformado el círculo vicioso que se traduce en una espiral inflacionaria que se retroalimenta generando más expectativas inflacionarias, y así sucesivamente. Los argentinos conocemos cómo termina todo esto. Nos costó años de atraso, miseria y desesperanza.                        

En ese punto estamos ahora. El paro del campo logró tanto apoyo popular porque desnudó las debilidades del “modelo”  y los desaciertos en el estilo del matrimonio gobernante. Por entre las fisuras que surgieron en el entorno K durante esos difíciles días, se filtran ahora voces que reclaman cada vez con mayor énfasis por la coparticipación federal, la transparencia en el manejo de los fondos, el autoritarismo con que se toman las decisiones nacionales y la falta de capacidad operativa de los gobernadores de las provincias.

 ¿Es inevitable un desenlace tipo harakiri? Si el gobierno renueva algunas figuras ya completamente desgastadas y hace los cambios necesarios para desactivar expectativas inflacionarias moderando el gasto, bajando los subsidios, sacando el arsenal de controles inútiles, sincerando los números y aplicando una distribución más equitativa de los recursos, Argentina seguirá creciendo a buen ritmo sobre cimientos más firmes y habremos capeado el temporal dejando atrás la tormenta. En cambio, si el matrimonio gobernante no depone la soberbia y continúa haciendo lo mismo que hasta ahora, seguramente en uno o dos años estaremos lamentando haber perdido nuevamente otra oportunidad histórica.

EL CAMBIO RECIEN EMPIEZA

 

La madrugada del jueves 17 de Julio ocurrió la inolvidable sesión de la Cámara de Senadores con su sorprendente desenlace. Argentina vivó uno de esos momentos trascendentales en la historia de un país, cuando los ciudadanos perciben que algo muy importante está ocurriendo. El ánimo positivo que se respiraba aquella mañana, tiene que ver con la sensación de haber evitado el tremendo descalabro anunciado por los K en sus discursos de trinchera. Fue el triunfo de la sensatez, ni más ni menos, y creo que dejará huellas profundas en nuestra cultura ciudadana.

Los senadores percibieron un cambio de actitud de la ciudadanía, y votaron en consecuencia. Se dieron cuenta que las expectativas de los argentinos pasaban por propuestas más racionales, menos ideologizadas. El germen de independencia sembrado por el Poder Judicial, prendió también en el Legislativo. Y esa es la base para la construcción de un estado de derecho donde el ciudadano no tenga temor de opinar, de invertir, de vivir.

También me parece que emergió un aspecto nuevo de nuestra identidad que tiene que ver con el respeto a lo productivo, a quienes trabajan el campo, a las economías regionales. A pesar de toda la cínica campaña montada para descalificar a los productores, la clase media urbana soportó estoicamente las incomodidades y apoyó abiertamente al campo. Percibió la oportunidad de manifestar su desacuerdo con los peores vicios del gobierno K.

Creo que fue un hito tan importante como Malvinas, ya que aquella guerra equivocada marcó, además de la vida de tantos argentinos, dos hechos que me parecen notables: mandó definitivamente los militares a los cuarteles, y perfiló por primera vez nuestra identidad latinoamericana, ya que hasta entonces nos considerábamos casi europeos. El apoyo de peruanos, venezolanos, bolivianos, ecuatorianos, nos mostró claramente nuestros aliados.

Nada será igual en la política Argentina. Ni siquiera la obcecación del matrimonio gobernante podrá mantener el nivel de autoritarismo. Rota la obediencia debida impuesta a gobernadores, y demás funcionarios, debilitadas las arcas del estado merced al desborde del modelo de subsidios cruzados, puesta en evidencia la descarada mentira de los índices de Moreno, harta la clase media y sectores productivos del cinismo del discurso oficialista, el país despierta entre esperanzado y atemorizado frente a una realidad previsiblemente diferente. Porque la gran mayoría de los argentinos entiende que lo que ocurrió en estos ciento veinte días fue de tanta trascendencia que influirá en la vida de cada uno de nosotros.

Pasaron cosas que demuestran un cambio en la manera de sentir y pensar de un pueblo. Por ejemplo, que campesinos y clase media utilicen métodos de protesta que eran propios del aparato peronista, desafiando y derrotando al oficialismo en un terreno que éste consideraba propio: la calle. Que además utilice la metodología del corte de rutas para llamar la atención de los medios, método que las organizaciones sociales inauguraron buscando efectos locales, ahora utilizados a escala nacional. Que en las ciudades se sucedan cacerolazos convocados mediante mensajes de texto, sin liderazgos evidentes. Que los habitantes de las ciudades mantuvieran su simpatía por la causa del campo a pesar de las incomodidades que produjo el paro.

No comulgo con todo lo que hizo el campo, pero creo que debemos prestar especial atención a los resultados que obtuvo, porque nunca pudieran haber sido positivos de no haber contado con el consenso de las mayorías. Leí algún artículo que comparaba este apoyo al que acompañó los golpes militares del ´55 y ´76, pero creo que la enorme diferencia estriba en que ahora la ciudadanía no busca la solución en los militares, sino se la exige al gobierno electo. No quiere que los K se vayan, sino que gobiernen con transparencia deponiendo la soberbia y escuchando la opinión pública en cuestiones como el Tren Bala, inflación, energía, o las valijas de Chávez.

Se percibe que algo cambió en política, que ya nada será igual en el futuro. Solo aquellos políticos capaces de comprender este fenómeno social y actuar en consecuencia, serán quienes lideren el cambio y conduzcan esta nueva etapa hacia la consolidación de una democracia participativa.    

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